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Abdú

“Abdú tiene 18 años, un cuerpo escuálido como si no hubiera cumplido ni 14 y la mirada ausente de un anciano.”
Así empieza el conmovedor, crudo y documentado artículo que Oriol Güell ha escrito desde el Congo para El País del 23 de noviembre.
Abdú lleva a día de hoy más de 2 semanas buscando su familia por el campo de refugiados Kigali I, en el este del país.
En Congo hay una guerra en acto entre el presidente Joseph Kabilia y el general N’Kunda, al mando de la milicia tutsi Congreso Nacional para la Democracia del Pueblo (CNDP).
Los cascos azules de Naciones Unidas asisten impotentes a matanzas y violaciones masivas. Asisten porque tienen que estar ahí aparentando intervención, para que la frágil opinión pública occidental tenga la conciencia tranquila; impotentes porque cada uno de los países que envía tropas no tiene intención alguna de arriesgar la vida de sus soldados.
Lo ha entendido muy bien el recién nombrado general español al frente de la misión, Vicente Díaz de Villegas, quien dimitió apenas dos meses después de su nombramiento.
Según la resolución 1592/2005 la misión “está autorizada a utilizar todos los medios necesarios para evitar todo intento de emplear la fuerza …”.
“Está autorizada” no es lo mismo que “está obligada”.
Frente a la dramática situación humanitaria la única solución que se le ha ocurrido a la ONU es el envío adicional de 3000 cascos azules.
Si los 17000 ya desplegados en la zona no han movido un dedo contra los 6000 milicianos tutsi, ¿Por qué deberían hacer algo cuando sean 20.000?
La hipocresía occidental no conoce vergüenza.
Porque la ONU no es más que el instrumento de tal hipocresía. (Próximamente hablaremos en el BLUG de las tremendas “misiones de paz” de los años 90, y con la ayuda de Noam Chomsky desvelaremos su verdadero papel).
Los congoleños pasan hambre en un país rico en oro, diamantes y coltán, donde la tierra es tan fértil que da 4 cosechas de patatas al año.
Las riquezas naturales se destinan a comprar armas para las milicias o a corromper políticos y dirigentes, las cosechas no se recogen por lo éxodos masivos provocados por la guerra.
Los que ganan de toda esta situación son los vendedores de armas y los corruptos.
La gente es dejada a su destino: a perder su tierra, su casa y su familia.
La que Abdú está buscando en el campo Kigali I.

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